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lunes, 17 de noviembre de 2008

La realidad dilemática




LA REALIDAD DILEMATICA DE LA SOCIEDAD POSMODERNA

Guillermo Gómez Santibáñez

Director del CIELAC


El mundo contemporáneo en el que nos corresponde vivir, puede ser caracterizado por la fragmentación del orden que la existencia de los imperialismos convivientes construyó. Esta realidad nos hace afirmar que el mundo ya no puede ser pensado desde un relato totalizador, desde una ideología, incluye eso también al neoliberalismo. Partiendo de esta premisa, en la que la revolución tecnológica tiene un desmedido predomino y un enfoque diferenciado de la realidad, hay quienes afirman la muerte de los sujetos pre-constituidos, construidos a partir de un saber pre-existente. Dicho esto sin adornos, niegan la existencia de los pueblos.

Estos son tiempos de globalización, de búsqueda de mercados. La globalización es un fenómeno antiguo, fiel heredero del paradigma de la modernidad, del ideal ilustrado que ha venido a desembocar en la revolución tecno-científica, generadora de la nueva “cruzada civilizatoria” que atraviesa el planeta. El paradigma inaugurado en el siglo XV con la racionalidad iluminista, espantó los fantasmas medievales e hizo promesas de liberación de la humanidad, sin embargo, no resultó más que un dispositivo instrumental del poder y de la dominación. El racionalismo europeo de la ilustración no llegó a ser otra cosa que buscar en nuestra tierra la reproducción de Europa. Así lo confirma el congreso de Berlín en 1885 con la unión subjetiva del mundo. “Los países centrales de Europa se repartirán el mundo, adueñándose de él, pensándolo y sonándolo civilizado”. De este modo la expansión del proyecto moderno, dio lugar en estas latitudes a la diversidad cultural, que dista del ideal del mundo homogéneo pensado desde el paradigma de la modernidadDesde la lógica económica la globalización impone una necesidad cuando las sobre ganancias capitalistas provienen, más que de los productos mismos, de la capacidad para colocar mundialmente esos productos con una mayor capacidad de gestión administrativa. Si se quiere producir para el mundo, se exige un control (gestión) mundial. La globalización del mundo designa un único proceso, pero altamente diferenciado y conflictivo. Esto significa un proceso de concentración de poder en las economías y Estados centrales y un proceso de desagregación e impotencia en las sociedades de su periferia. Podríamos seguir ubicando otros ángulos de interpretación de nuestra dilemática realidad, pero en suma, desde la globalidad se van imponiendo diferentes maneras de ver, pensar, sentir, imaginar la mundialización. Estamos frente a un cambio de paradigma, que nos exige modos distintos de comprender el mundo y de responder a sus desafíos desde otra lógica. No fue diferente cuando el mundo tuvo que repensarse desde el heliocentrismo (teoría de Aristóteles), el evolucionismo (teoría de Darwin) o el sicoanálisis (teoría de Freud).Los caminos de la historia son diversos y casi imposibles de predecir. Aunque vivimos un cambio epocal con grandes dificultades para prever el futuro, existen ciertas tendencias probables, que sirven de criterio para el análisis de la realidad actual. El vacío causado por el hundimiento del marxismo ha dado fuerza a nuevos conflictos. Por ejemplo, en occidente el fundamentalismo religioso se ha levantado con nuevos y violentos impulsos. El “jihad” es una viva manifestación del nacionalismo islámico que arremete contra occidente con celo religioso. Por otro lado estamos en presencia de un cristianismo de tipo integrista, de viejo molde constantiniano, que impone su credo a un mundo diversificado y pluricultural, muy lejos ya del paradigma medieval. Según expertos, con motivo de la indiferencia espiritual de occidente se levantan en apasionado conflicto, nuevas escuelas de pensamiento religioso y secular. Estamos hoy también frente a una nueva visión del hombre y del mundo. Muchos de los problemas fundamentales que atraviesa el planeta, tales como la contaminación, la multipolaridad del mundo, los conflictos entres oriente y occidente, la marginación de los hombres del trabajo por la búsqueda obsesiva de nuevas tecnologías que hagan más ágil la productividad, deberán ser abordados desde otra lógica y desde un cambio sustantivos de las ideas y actitudes hacia el mundo y la sociedad. El mundo camina aceleradamente hacia una mestización masiva.


El fenómeno de la globalización nos está imponiendo un solo mundo en el sentido étnico y cultural, con un pensamiento único, donde impere sólo el criterio del mercado. Esta mestización levantaría inevitablemente reacciones de resistencia y graves conflictos culturales nacionales, étnicos y religiosos. Aunque nuestras luchas son por la sobrevivencia terrenal, sin embargo estas se han extendido de igual manera al espacio exterior donde en poco más de tres décadas la aspiración máxima del hombre moderno por conquistar el espacio se ha convertido en una empresa científica industrializada, justificando los presupuestos de los países poderosos y desarrollados, para sus gastos militares, la adquisición de nuevos conocimientos científicos, potenciación de tecnologías avanzadas etc. Un tema que está siendo motivo de debate y preocupación sociocultural es el de la migración histórica sur-norte, a esta se están uniendo movimientos dentro del tercer mundo, con graves desplazamientos de pobres del campo a la ciudad.


La consecuencia de este fenómeno social es que a corto plazo se irán formando enormes centros urbanos, con condiciones de vida infrahumana y guetos de inmigrantes en las grandes capitales, viviendo en un submundo de pobreza y explotación extremas. La lógica de esta espiral, nos hace pensar que en los países subdesarrollados la población joven, en edad de trabajar va en aumento progresivo, mientras que en el mundo desarrollado se está dando el proceso inverso, es decir, un envejecimiento progresivo de su población con un aumento de los flujos migratorios, creándose un rebrote del racismo. El mundo globalizado en la forma en que se va configurando; nos muestra un panorama muy desigual en cuanto a la distribución de riquezas y poder, además de potenciar la lógica de acumulación mundial de capital. El problema más grave es el de la articulación o desarticulación entre modelo económico, (ajuste estructural, jibarización del Estado, privatización etc.) deterioro ambiental y la inadecuada relación demográfica y capital. Este peligroso “triángulo de las bermudas”, puede llevarnos al extremo del exterminio de la especie humana. El mundo moderno, pareciera estar encantado con el modelo económico de los países centrales. Una economía de mercado que estimula la competencia, la iniciativa privada y se apoya en la libertad del individuo, pero en la libertad como consumidor para escoger entre varios productos. Una metáfora básica del mercado privado es la alusión a la “mano invisible”, y a la afirmación de que la economía de mercado no tiene centro.

Cabe señalar que si bien es cierto, la privatización de la economía puede generar desarrollo y prosperidad en la economía de un país o en determinada región, no se resuelve el problema fundamental que vive un sector importante de la población mundial. El modelo económico imperante hoy, tiende a la configuración de un único mundo polarizado entre opulentos/integrados y pauperizados/fragmentados, excluidos. El modelo económico de los países centrales no es uiversalizable igualitariamente y esto, aunque parezca paradójico; por razones económicas y también ambientales: el planeta no soportaría un gasto energético como el que se deriva del modelo norteamericano de existencia. La globalización supone, la coexistencia conflictiva de la concentración y la desagregación, la opulencia y el derroche y la pauperización, la potencia y la impotencia. Un mundo en el que quepan todos con igualdad de oportunidades y donde se respete el medio ambiente como condición elemental de la existencia humana, es incompatible con el proceso de globalización que hoy se impone. Una última reflexión sobre este tema es formularnos la pregunta: ¿qué pasará con el Estado-Nación?.


La revolución económica en estos tiempos de globalización no tiene precedentes históricos, y esto debido a que la revolución tecnológica que estamos viviendo ha causado una fractura importante en el desarrollo histórico de la humanidad. Existe una visión fundamentalista de la globalización según el cual la economía mundial respondería a fuerzas que están fuera del control de los sistemas políticos y de los Estado nacionales. La acumulación del capital y la producción y distribución de bienes y servicios se realizan hoy predominantemente en el mercado mundial. La liberalización económica ha gatillado una competencia feroz tanto al interior de las naciones como entre ellas mismas. No cabe duda que ésta nueva realidad ha hecho más eficiente la producción, pero también ha sido un golpe bajo a los salarios, aumentando el desempleo y extremando la pobreza. Los más pobres han sufrido un agravamiento de su situación por la retirada sistemática del Estado de la economía, y la reducción constante de los subsidios que garantizaban bienes básicos de la población, como el transporte, la educación y los servicios de seguridad social. Los cambios sustantivos que hoy experimentamos, tiene repercusiones planetarias; ponen en tela de juicio la utilidad del Estado-Nación.

El actor autónomo más importante de la escena política internacional de estos últimos siglos se encuentra bajo sospecha, tanto en su control como en su autonomía y parece anquilosado en una vieja estructura que no se adapta a la coyuntura actual. Existen problemas demasiados grandes para que el Estado los pueda resolver, pero también hay otros demasiado pequeños para que los asuma. La tendencia creciente es hacia una relocalización de la autoridad con la fluidez suficiente y necesaria para responder de manera eficaz a las demandas de los tiempos actuales. La relocalización del Estado-Nación remite a la emergencia de actores transnacionales que se expresan hoy en las multinacionales, en los mega Bancos y en un sistema planetario de comunicación, dejando imposibilitado de control a los gobiernos. Hoy se está manejando en un creciente número, los acuerdos marco, de carácter internacional con intereses comerciales, posibilitando así un papel protagónico a organizaciones supranacionales. La relocalización del Estado-Nación entonces es fruto de transformaciones políticas, económicas y tecnológicas. Los poderes del Estado-Nación se han erosionado en los últimos decenios, esto es consecuencia directa de los procesos sociopolíticos y las transformaciones históricas que ha experimentado occidente, sin embargo, esta entidad queda como elemento primordial de identidad para la mayoría de las personas. El camino que se avizora no es fácil, no podemos predecir la sustitución del Estado.

Nuestras sociedades contemporáneas enfrentan una realidad dilemática, nos encontramos en un camino intermedio entre Estados soberanos que se debilitan y un nuevo mundo multicéntrico en gestación. Los Estados ya no son autónomos en este proceso de transición sin marco de regulación, pero tampoco están en agonía. En medio de esta realidad dilemática, la acción política debe cambiar su estrategia y su agenda. No puede enfrentar los desafíos que le presenta un mundo moderno y cambiante con una racionalidad cortoplacista, mercantilista ni regionalista. Debe más bien poner su agenda dentro de una órbita internacional, donde los problemas se puedan ver desde un ángulo global: los derechos de las personas, desarrollo sostenible, ecología, demografía, mejores condiciones de “habitat”. Un país no puede pretender resolver los problemas fundamentales que le son propios, sin una clara y decidida voluntad política consensuada, ni menos por una acción de mercado a corto plazo. La situación actual de los Estados es crítica, sobre todo porque experimentan un continuo proceso de transacción con otros actores en competencia, como por ejemplo el económico, donde señorean las multinacionales y los poderes financieros internacionales, más aún cuando estos lo hacen dentro de un proceso de interculturalidad, multiculturalidad y diversidad étnica. Estamos comprometidos con nuestra historia y con nuestros procesos sociales y políticos, por tanto debemos encontrar el genio para reinventar nuestra propia historia.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Interculturalidad


AMERICA LATINA Y LA INTERCULTURALIDAD

Guillermo Gómez Santibáñez


El gran marinero genovés Cristóbal Colón, luego de sus varios intentos por lograr gloria para la corona española; y después de su encuentro accidental con los indígenas que habitaban el Tihuantinsuyu, regresó a España para contar su hazaña mostrando el oro a la reina como signo de conquista y poder. La desgracia del naufragio de La Santa María, en las costas de la Española; hoy Santo Domingo, significó para Colón una pérdida irreparable y además un desenlace fatal en su propia vida y sueños. El visionario de nuevos mundos, fue sustituido en su expedición bajo una conspiración anti-colombina por la capitulación de Vicente Yánez, quién lo hizo regresar a España encadenado. Este triste episodio en la vida del Almirante Cristóbal Colón nunca fue superado y el amargo sentimiento de no haber cumplir su promesa a la corona española; lo acompañó hasta la locura y finalmente a su muerte. Colón fue hijo de su tiempo, un mediterráneo que en su largo contacto con los lusitanos y españoles le dio su espíritu de Cruzada y su carácter de caballero cristiano medieval. Sus viajes eran la continuidad de las luchas en la cristiandad medieval contra el Islam, incluyendo la conversión de los infieles y un buen botín. En su diario de abordo Colón menciona la Europa cristiana, el Medio Oriente en el África islámica, y el lejano oriente con el Khan; América está fuera de la historia, no es mencionada. El Almirante Colón murió con la insistencia de haber llegado al Asia, y como signo de una muerte martirial pidió ser sepultado con sus cadenas. Nunca tuvo plena conciencia de haber descubierto América.

La presencia de Colón en tierras que posteriormente serán bautizadas como América, va a implicar la apertura de una nueva ruta por el Atlántico, esto representará una enorme importancia geopolítica. Las grandes culturas, antes miraban hacia el Pacífico; los aztecas y los incas se situaban junto al Pacífico, ahora el Atlántico norte se convierte en el centro de la historia, recibe nuevo influjo; dejando atrás al pacífico como en la “prehistoria”.

El escritor cubano Alejo Carpentier, en su novela: El siglo de las luces ilustra muy bien el impacto cultural de Europa sobre las tierras de conquista cuando empieza su relato sobre un barco que trae las ideas de la Ilustración, las ideas de la razón humana. El barco que trae las luces de la modernidad, tiene en la proa una máquina que llama la atención. Es la guillotina. La ilustración trajo la luz de la razón, pero junto con la modernidad vino la muerte de muchos.

Cuando Pizarro desembarcó en el Ecuador en 1532 para iniciar su proceso de conquista, vivían en el Imperio Inca alrededor de siete millones de personas. Unos treinta años más tarde la población había sido literalmente “sacrificada” llegando tan sólo a unos setecientos habitantes. John Murra sostiene una tesis interesante sobre este genocidio y que subyace a las causas tradicionales de muerte por conquista, epidemias y trabajo forzado. La apropiación del hábitat organizada por los pueblos aborígenes se sostenía en la multiplicidad y variedad de los pisos ecológicos lo que permitía que las comunidades tuvieran acceso a recursos complementarios de subsistencia. La irrupción del conquistador peninsular transformó el sistema social y económico de los indígenas apropiándose de las tierras y dividiéndolas en grandes propiedades: agrarias, comunales, ejidales, tierras de capellanías y realengas etc. La población nativa fue confinada a reductos que les impidió acceder a la diversidad indispensable para la sobrevivencia. Al destruir la economía básica del ecosistema con el propósito de maximizar la explotación de placeres auríferos, los españoles sentaron las bases estructurales para el progresivo empobrecimiento de la culturización y muerte de la población nativa.

En Historia de las Indias, el Padre Las Casas nos relata un episodio dramático cuando el jefe indígena Hatuey, luego de huir de los españoles y previendo su derrota en Cuba, pregunta a sus guerreros ¿Por qué creen que los españoles los mata, los tortura y los esclaviza? La respuesta de todos fue “porque son malvados”. No, corrige Hatuey: “Lo hacen porque adoran a un dios que reclama su absoluta obediencia. Voy a mostrarles quién es ese dios”, entonces descubre una pequeña cesta que contiene algunos utensilios de oro. “Ni sueñen en ocultarles ese oro, porque aunque se lo traguen, se los arrancarán de sus intestinos”.

Mientras los expedicionarios españoles iniciaban en el continente el proceso civilizatorio occidental, alrededor de este hecho se entretejían diversos eventos cruciales en Europa. Se sellan las fronteras con el mundo musulmán-Europa, derrotada en Constantinopla se atrinchera desde Viena en el este y rechaza a los moros de España a África; los portugueses doblan el cabo Buena Esperanza y abren las rutas al tráfico de esclavos, los judíos son expulsados de España y se establecen en los Países Bajos. Este panorama nos revela el “nuevo orden mundial” que configura Europa en el siglo XVI. Las Casas y Sepúlveda se dejan sentir en sus debates sobre los derechos de conquista; la conciliación de las leyes de India y los límites que estas imponen a la dominación y explotación dejando en evidencia su contradicción. Los colonos españoles saben bien lo que les corresponde hacer con respecto a las nuevas leyes; “se aceptan”, “pero no se cumplen”.

El pecado capital inconfeso de la civilización Occidental, ha sido su absolutismo y su incapacidad para distinguir las diferencias del otro. La presencia avasalladora del conquistador español en el llamado “nuevo mundo”, vino a significar, en todo el proceso del coloniaje cultural y extendido hasta nuestros días, que América sea negada y asesinada en nombre de la razón. La razón instrumental impuesta por Europa, como un logos de luz y civilización, vino a exorcizar el mito en la cultura ancestral de nuestros pueblos originarios, considerándolo “historia falsa”, o “fábula”, desconociendo que éste, en su función cosmogónica y antropogónica instauradora, constituía la síntesis de su experiencia y sabiduría, a la vez que el fundamento primordial de la historia.

Los griegos en la Paideia y los latinos en el Cultus Anima concebían la cultura como armonizarse o cultivar una naturaleza dada de ante mano. En cambio la modernidad consideró que la cultura nos independiza de la naturaleza animal para configurar lo humano. De lo que se trataba era de superar el “animalitas” para ascender al “humanitas”. La cultura moderna; que estaba presente de algún modo en la cosmovisión de los conquistadores españoles, era el cultivo de la espiritualidad humana. Cultura vino a ser sinónimo de humanización. La tradición ilustrada representada en Voltaire y Kant, insistía en la noción de universalidad de la cultura, en donde razón y naturaleza era igual para todos los hombres, por lo tanto, concebía los procesos históricos como continuidad. La síntesis de esto daba como resultado la valoración de que cultura es una, única y universal. Que las artes, las ciencias y los libros son la forma más alta de cultura y que la cultura ilustrada europea conforma un tipo de cultura avanzada, civilizada o superior. Finalmente que el progreso cultural se mide con los parámetros de la civilización europea. Como contrapunto a la tradición ilustrada surge la tradición romántica que inspirada en Rousseau y Herder critican la noción de continuidad histórica y discuten el universalismo de la cultura, proponiendo que cada cultura es autónoma y específica y no puede ser juzgada con los parámetros con los que se juzgan otras culturas.

El imaginario social de la modernidad se constituyó bajo un horizonte de sentido que retomó y redimensionó viejos ideales y a la vez instauró nuevos, y que bajo una red diversa de significaciones conformó un modo de ver la realidad, es decir, los hechos, las acciones, el hombre, lo real, lo irreal, el sentido, el sin sentido, el bien y el mal, etc. El proyecto moderno se sustenta en dos tendencias distintivas: el ideal de control y el dominio sobre la realidad y el desarrollo autónomo del individuo.

El deseo de un conocimiento más a fondo y más científico de la realidad no es una mera curiosidad intelectual. Nace, en primer lugar, de una legítima inquietud social, y del compromiso por transformar la realidad social como consecuencia, pero no sin antes contar con un diagnóstico claro; que nos indique caminos posibles de soluciones verdaderas. En segundo lugar, analizar la realidad no es un asunto de señalar injusticias o acumular información o datos estadísticos acerca de un determinado estado de cosas. Es tener una visión global y precisa del contexto socio-económico que nos rodea, de tal modo que podamos aplicar esta ciencia analítica, en perspectiva histórica, para saber como se dan los fenómenos sociales en su causa-efecto. En otras palabras, es tener una consciencia históricas y crítica, alejada de toda ingenuidad o fatalismo. Un método científico serio, hace posible un conocimiento objetivo de la realidad analizada. Sin embargo, este conocimiento funciona de manera dialéctica, es decir, participa el sujeto que conoce, influenciado por su propia ideología y preconcepción del mundo; y el deseo de objetividad, el querer conocer las cosas como son.

En el ámbito latinoamericano son muchos los estudios y las teorías que han surgido; desde una crítica profunda acerca de su identidad cultural, y que van desde la conquista hasta nuestros días. Se dejan ver en estos, sobretodo, agudos análisis críticos al racismo europeizante y al etnocentrismo de la modernidad, rescatando lo específico del pensamiento latinoamericano y su identidad cultural; contra posiciones esencialistas y posmodernistas muy de moda.

El Dr. Jaime Montes, profesor de Filosofía de la Universidad de La Serena de Chile, dice en un texto que escribe acerca de El problema de América y la voz del otro: “hoy se insiste cada vez más, por parte de investigadores, acerca de la imperiosa necesidad de una “inversión de la mirada”, es decir, de cambiar la perspectiva para poder entender los fenómenos culturales latinoamericanos”. Se inscriben en esto, sicólogos, sociólogos, antropólogos, biólogos, economistas, teólogos. Montes cita en el mismo texto a un destacado psicólogo chileno Jorge Gissi, quien expresa sobre el particular lo siguiente: “La construcción de una psicología latinoamericana implica pues, reconocer la pobreza y las diferentes clases sociales, pero implica también reconocer que la América Latina no es una Europa o Norteamérica más pobre, sino un continente diverso, y que además debe buscarse como alternativa al capitalismo decadente y a cualquier neocolonialismo”. Más adelante sigue la cita de Gissi: “lo que se impone es cambiar la figura y fondo: quizás la figura deba ser nuestro continente y el fondo cada nación como mera provincia de la patria grande. Sin duda la figura es nuestro continente y un fondo crecientemente deteriorado ese el primer mundo ahora considerado centro. Tenemos la tarea de disminuir parte de nuestra dependencia de los países centrales. El centro somos nosotros mismos. La periferia Estados Unidos y Europa. Cambiemos también intrapaís figura y fondo. La figura serán las clases medias y populares, y el fondo las clases dominantes, verdaderos marginales de América Latina”.
El desafío que se nos presenta es enorme, pues estamos frente a un determinado paradigma epistemológico, heredado por lo que Colombre denomina “modelo de barbarie de Occidente” como el griego, el romano y el europeo, cuya racionalidad instrumental se gestó en la ilustración; focalizado en un modo de pensar y en un modo de ser propio. Nuestro imperativo es saber pensar y actuar desde nuestra compleja experiencia histórico-cultural para poder desocultar América y hallar su modo más auténtico de ser y la riqueza que ella puede aportar a la cultura occidental. Debemos asumir el resto de hablar de América como una civilización emergente no sólo desde sus utopías sino también desde sus distopías. Como señala Colombre, “no asumir nuestra diferencia en términos de un proyecto, y como civilización es aceptar la servidumbre espiritual, renunciar al futuro” Se trata entonces no sólo de una “inversión de la mirada”, sino de un giro en nuestro estilo de pensar, y como consecuencia, en nuestro estilo de vivir. ¿Hasta dónde es posible este giro?, y ¿hasta dónde seremos capaces de conciliar dos racionalidades distintas que habitan América, es decir, la razón causal heredadas desde Europa y el logos seminal y resistente, propio de nuestros pueblos originarios? Este nuestro mayor desafío y el camino que hay que andar.

El debate filosófico y antropológico occidental de comienzos del siglo XX vino a consolidar un concepto extenso de cultura y que incorporó las artes y las ciencias pero sin limitarse a ellas. Grandes pensadores y teóricos contemporáneos como Scheller, Weber, Freud, Malinoski, Levi-Strauss, Cassirer y Steiner, entre otros, harán una contribución extraordinaria en la sistematización de los estudios del complejo problema cultural que preocuparon y siguen preocupando hoy a los investigadores, y teóricos de la cultura, como a las instituciones culturales, en los análisis, hipótesis de trabajo para una mejor comprensión de la identidad cultural y la formulación de políticas culturales adecuadas.

Toda cultura es básicamente pluricultural, es decir, se constituye por el contacto de distintas comunidades de vida que aportan sus modos de pensar, sentir y actuar. Es sobre la base de estas experiencias culturales compartidas y asumidas que se produce el mestizaje. Las culturas no evolucionan de otro modo que no sea mediante el contacto y encuentro con otras culturas. Nace así la noción de interculturalidad, la que supone una relación respetuosa entre culturas. La pluriculturalidad caracteriza una situación, en cambio la interculturalidad describe una relación entre culturas. No hay interculturalidad sino hay una cultura común, compartida. La interculturalidad no es simplemente cultural, sino también política porque presupone una cultura compartida y diversa dentro de la idea posmoderna de estados plurinacionales, donde se crean formas de convivencia intercultural de manera específica. América Latina no sólo es contrastante en su geografía y climas, sino también diversa en sus culturas.

viernes, 31 de octubre de 2008

¡Ay! nicaragüita y chilito lindo


ENTRE GALLO PINTO Y EMPANADAS

GUILLERMO GOMEZ SANTIBAÑEZ
DIRECTOR DEL CIELAC


Por más de un siglo las relaciones bilaterales entre Nicaragua y Chile han sido ejemplares. Ya lo decían insignes poetas chilenos como Pablo Neruda y Gabriela Mistral; si quieren conocer a Nicaragua lean a Darío, un digno representante de la cultura nicaragüense y embajador por excelencia. En tanto arribó al puerto de Valparaíso en Chile, en 1886, fue recibido con especial cariño y una extraordinaria hospitalidad por parte de la intelectualidad chilena. El propio Darío lo expresa así:

“Nunca podré olvidar que allí pasé algunas de las más dulces horas de mi vida,y también de las arduas, pues en Chile aprendí a macizar mi carácter y a vivir mi inteligencia”

El viaje de Rubén Darío a Chile ocurrió en un momento en que el país cruzaba por un periodo de esplendor y verdadero florecimiento cultural. ¡Ve a Chile! Chile es la gloria…”, le comentó el escritor salvadoreño Juan J.Cañas, motivando de inmediato su partida. En sus días en Chile, la pluma de Darío fue fecunda y entre el viento del sur, las luces del puerto, la fascinación que le provocó Santiago y la nostalgia de su Nicaragua nacerán importantes escritos como la novela “Emelina”; la primera obra de Darío en Chile y que escribiera junto con Eduardo Porier en tan sólo diez días, “Abrojos” “El Fardo” “El Canto Épico a las Glorias de Chile” poema que narra el combate Naval de Iquique, “Las rosas andinas: rimas y contra-rimas” y la más importante de todas: “Azul”, hito que la crítica instituiría como fecha de inicio del modernismo en Chile.


Nicaragua y Chile son dos países que contrastan por su clima y su geografía, y los distancia unas ocho horas de vuelo con escala en Panamá. La diferencia geográfica y cultural son propias de la diversidad de un continente como el de América, sin embargo, hay cosas que acercan y hermanan a estos dos países y es su gente, caracterizadas por su expresiva solidaridad, un gran espíritu de lucha y trabajo, sobretodo cuando esto implica sobreponerse a la adversidad. Otro elemento de similitud es que comparten procesos políticos y sociales con aguerridas luchas contra dictaduras infernales y revoluciones reivindicadoras de los legítimos derechos democráticos de grandes masas del pueblo que históricamente se han visto excluidas. La revolución chilena, iniciada en 1970 bajo el gobierno del presidente Salvador Allende y la coalición de partidos bajo la Unidad Popular, fue una “revolución en democracia”, conquistada con el voto popular y no igualada en América Latina, y aunque Allende obtuvo un porcentaje de votos inferior al requerido, y contaba sólo con un tercio de la votación del país (primera mayoría relativa de un 36,3%,), el Congreso, de acuerdo con la Constitución vigente, debió confirmarlo, eligiéndolo de entre las dos primeras mayorías relativas (Allende y Alessandri), como presidente de la República, con 153 votos a favor.

A fin de salvaguardar la paz social y desarrollar su programa de gobierno, Salvador Allende debió firmar con la Democracia Cristiana un Pacto de Garantías Constitucionales, en un ambiente beligerante y de gran inquietud, especialmente por la postura irreconciliable de los sectores en pugna: la Unidad Popular, por la izquierda, el Partido Nacional por la derecha y la Democracia Cristiana por el centro, más un sector de extrema izquierda, el MIR, que se venía caracterizando por acciones armadas netamente desestabilizadoras. El Pacto fue concebido como un resguardo de la sociedad chilena ante un gobernante de tendencia marxista, elegido en las urnas.

La minoría electoral (36,3%) que llevó a Allende al poder, sin embargo, sería revertida exponencialmente a medida que el programa político y social de la Unidad Popular fue demostrando, en los hechos, resultados concretos de justicia social y reducción de las grandes desigualdades entre ricos y pobres. Este proceso utópico que despertó grandes esperanzas en los más pobres y abría enormes posibilidades de mejores condiciones de vida para ellos, fue abortado violentamente por una derecha burguesa, que instrumentalizando a las Fuerzas Armadas, conspiró para asestar un Golpe de Estado acabando así con la vida constitucional del pueblo de Chile. Fue un acto sangriento, jamás conocido antes, en la historia democrática de los chilenos. Nicaragua no ha sido menos, ha forjado su propio camino, con una revolución inconclusa que costó sangre y lágrimas y que en nombre de la paz y el consenso social se optó por la desmovilización y la redemocratización del país en las elecciones de 1990. El FSLN, bajo nuevas condiciones políticas y sociales, luego de perder las elecciones en 1990, debió reinventarse frente a los ingentes desafíos y buscar las estrategias que le permitieran mantener su vigencia, su proyecto histórico, pero sobre todo la simpatía y lealtad de las grandes mayorías ahora en democracia. Al ganar el FSLN las elecciones presidenciales en Noviembre del 2006 y volver al poder, se retoma el proyecto revolucionario en sus aspectos fundamentales, es decir, reducir la brecha entre ricos y pobres, acceso a la educación libre y gratis para todos, derecho a la salud, a una vivienda digna, reactivación y priorización de la producción agrícola, acceso al crédito de pequeños comerciantes, mejoramiento de la infraestructura del país y promoción de la cultura en todas sus expresiones. Nicaragua, con las mismas posibilidades y oportunidades que ha tenido Chile, de acceder a una economía neoliberal, coqueta y seductora por todo el continente, y bajo el embrujo de (mal) Tratados Comerciales como el TLC, no ha crecido económicamente lo suficiente, ni ha resuelto sus grandes problemas sociales en los últimos dieciocho años, ¿Por qué? Esta pregunta da para un análisis más extenso, que no es esta la ocasión para hacerlo, pero sí nos hace reflexionar acerca de la incapacidad política y el vacío ideológico y programático de una derecha oligárquica, que siempre ha utilizado al pueblo empobrecido y el poder, para satisfacer los intereses de la burguesía.

Nicaragua celebró el 15 de septiembre, el día de la independencia (1821) y Chile el 18 de septiembre (1810). Los nicaragüenses celebran con gallo pinto, los chilenos con empanadas, sin embargo, ambos pueblos han conquistado en su lucha histórica, no sólo sus derechos políticos,(Nicaragua insurreccionada, y Chile con elecciones libres), sino también sus derechos sociales,(Nicaragua con amplios programas de desarrollo social y mejoramiento de la calidad de vida de los más pobres, y Chile mejores niveles de vida y desarrollo social).

viernes, 3 de octubre de 2008

Pobreza y religión


RELIGIOSIDAD Y POBREZA EN NICARAGUA

Guillermo Gómez Santibáñez
Director del CIELAC-UPOLI



La pobreza de Nicaragua ¿tiene alguna relación con su intensa devoción religiosa? Dentro de la escala de países con menos desarrollo, la CEPAL sitúa a Nicaragua en el lugar 180. Su nivel de pobreza es comparable con los países de Africa. En otro aspecto; los datos que arroja el Instituto Nacional de Información de Desarrollo (INIDE) sobre el censo de 1995, indica que la población católica de Nicaragua pasó del 72,9 por ciento de la población total en 1995, a 58 por ciento en 2005, y los evangélicos experimentaron un crecimiento sustantivo al pasar del 15,1 por ciento de la población total en 1995, al 22 por ciento en 2005. Estos datos, aunque señalan cifras porcentuales significativas en la diferencia de credos, no constituyen grandes cambios en términos de un crecimiento exponencial del cristianismo en Nicaragua, pues tanto el catolicismo como el protestantismo, con su diversidad denominacional, proceden del tronco común de la gran tradición cristiana. En su mayoría, los evangélicos provienen de un catolicismo nominal y cultural y no de una militancia voluntaria y conciente, de igual modo, un buen número de evangélicos nominales, retornan al seno de la Iglesia Católica sin que de este transito de ida y vuelta se tengan estudios serios sobre por qué retorna y sus reales causas. Si en nuestro país la población que profesa la religión cristiana; tanto en su vertiente católica como evangélica, constituye el 80 por ciento ¿Qué relación existe entre religión y pobreza? ¿Es la pobreza de Nicaragua una consecuencia directa de su intensa religiosidad? ¿Es sostenible los que dicen que Nicaragua vive de religión y de poesía y por eso vivimos en la miseria material? La teología del “nuevo orden mundial” o de la prosperidad, que muchos vociferan en púlpitos, radio y televisión y la recetan en la literatura cristiana “light” ¿legitima las bondades del mercado para salir de la postración económica o exalta al fetiche del mercado para sumirnos más en ella ofreciendo el sacrifico de la vida al ídolo con pie de barro?

Nicaragua, como muchos países de América Latina, atraviesa por una nueva geografía de lo sagrado y una mutación religiosa que nos exige nuevos análisis, otras respuestas y sobre todo una mirada de los fenómenos religiosos con mayor tolerancia. La religión no desaparece de un pueblo, sino que se transforma. Es parte de la cultura y se expresa en su universo simbólico con nuevos sentidos y significados. A pesar del impacto de los procesos modernizadores, nuestra sociedad nicaragüense conserva una devoción religiosa extraordinariamente arraigada. Somos parte de un continente considerado una región eminentemente católica y donde según los cálculos estimativos para el siglo XXI, en América Latina y el Caribe residirá la mayor población católica del mundo. Esto tiene su base en un hecho histórico y sociológico, la Iglesia Católica, una institución eclesial hegemónica y de larga data en el ámbito religioso, se impuso como religión oficial, primero en la conquista y luego en la colonia interviniendo en el proceso civilizatorio y vinculándose estrechamente con los sistemas sociopolíticos e ideológicos en la mayoría de los países. El advenimiento de la modernidad, con su racionalidad instrumental y los procesos secularizadores, han traído una sensación de desacralización de la vida, pero no han extinguido la fe religiosa, más bien se constata una re-vinculación religiosa y el surgimiento de nuevas formas y contenidos religiosos, marcando un nuevo trazado a partir de la flexibilización y disolución de fronteras confesionales, modificando de este modo el mapa religioso en nuestro continente. Los estudios en el campo de la sociología religiosa, teología de las religiones y la fenomenología de la religión nos arrojan nuevos datos sobre los fenómenos religiosos de nuestros países, constatando el surgimiento de una nueva configuración, una nueva geografía de lo sagrado. En esta nueva configuración los viejos reductos religiosos tradicionales no se escapan ni son inmunes a los invasores de antiguas ideas y creencias, que presentan sus credenciales como nuevos movimientos religiosos, y esto por el hecho de haber sido arrancados del lugar donde nacieron y se desarrollaron. Distantes de su cuna de origen las nuevas ideas religiosas y creencias se caracterizan por una gran movilidad y desplazamiento, tal es así que hoy un nicaragüense podría convertirse al Islam, al Budismo o Hinduismo vía Internet.

Esta migración de ideas y creencias, alejadas de su contexto sociocultural para interactuar con religiones tradicionales e institucionalizadas, posibilitan la mutación religiosa profundizando de este modo cambios y creando una especie de corredor religioso de transversalidad, esto significa que una idea religiosa puede hacerse presente en varias iglesias o movimientos, atravesándolas, lo que implica que estamos frente a un fenómeno que busca ideas en otras fuentes para hacerlas propia. Al margen de las diferencias dogmáticas, este fenómeno es muy característico del pos-modernidad. El aspecto fragmentario y disolvente de la pos-modernidad, no sólo afecta la cultura, la economía y la política en la sociedad, sino también el componente religioso. Los conceptos de transconfesionalidad, ecumenismo o diálogo interreligioso no sirven como sinónimo para explicar los efectos mutativos de la religión en la sociedad globalizada. Sin pretensión de crear un neologismo para describir el fenómeno del cambio religioso que se visualiza en nuestros tiempos, la noción de transversalidad nos puede servir provisoriamente para poder captar la fragilidad creciente de las fronteras religiosas donde circulan libremente, como en el mercado, las ofertas y demandas de salvación. Sin entrar en la complejidad y complicación del mundo de las religiones, bástenos señalar que estamos frente a un fenómeno que traspasa las iglesias y religiones a pesar de las diferentes identidades. En la década de los 60 y 70 ser carismático era distintivo de una determinada denominación, tal era el caso del fenómeno pentecostal, hoy ya no tiene un contenido específico, pues se ha convertido en una manera de ser en las distintas iglesias, esto no excluye a las llamadas comunidades carismáticas al interior del catolicismo. De igual modo sucede con el fundamentalismo, este no es sólo específico del Islam, existe un fundamentalismo católico y evangélico en perspectiva transversal.

El concepto religión se ha empezado a desligar de las religiones institucionalizadas, visibilizando la relación y correspondencia con la ciencia, la política, la música, el deporte, la economía y la sexualidad (ejemplo de esto es la canción popular que hizo famoso a Enrique Iglesia. “Una experiencia religiosa”). Esto se deja ver en elementos rituales que imitan gramática y comportamientos cultuales, títulos, publicidad y ornamentos en actos políticos, conciertos musicales y la afición deportiva. Por ejemplo, existen gigantes anuncios publicitarios de una compañía telefónica en las calles de Managua, con una muchacha que está de espaladas mirando al cielo con los brazos abiertos y una frase que dice “voz nos inspiras”. Esta imagen deja un mensaje subliminal que cruza lo secular con lo sagrado con una intención de marketing orientada al consumo. ¿Quién inspira?, ¿Dios?, ¿la muchacha? ¿O el producto que se ofrece? Otro ejemplo de religión secularizada son los grupos de oración y vigilia que hoy rodean las rotondas de Managua y que bajo la consigna: “el amor es más fuerte que el odio” (Frase de Juan Pablo II cuando hizo su peregrinaje por América Latina) revela que el factor religioso legitima el poder y apela e interpela la conciencia social frente a la violencia política. Este fenómeno religioso secularizado es un indicador que la modernidad estaría produciendo sus propias formas religiosas.

En el escenario nicaragüense evidentemente que el panorama religioso ya no es el mismo que hace treinta años. El mapa de lo sagrado y de lo religioso tiene una nueva configuración; las identidades religiosas se han mutado pareciendo hoy irrelevantes en cuanto fenómeno sociológico. Mientras por un lado las identidades religiosas carecen de líneas fronterizas, por otro lado la religión carece de espacio funcional en su contexto cultural. Por esta razón es que hoy se habla de des-institucionalización de los dogmas, de reacciones fundamentalistas, de difusos misticismos, de religiosidad secular. Estamos presenciando una especie de relineamiento de un paradigma institucional que deja libre los símbolos religiosos. Son nuevas formas de espiritualidad, menos ritualizadas y burocratizadas, donde predomina lo personal y comunitario

El fenómeno de los nuevos movimientos religiosos en la sociedad nicaragüense no deja de tener su importancia y relevancia porque nos indican que la presencia de diversos grupos o movimientos desprendidos de otras tradiciones religiosas, no eliminan la religión, sino que se mutan, transforman sus manifestaciones. Nicaragua no se escapa a estas manifestaciones, aún cuando subyace en su cultura una arraigada expresión de piedad popular de sello católico. El proceso de globalización ha permitido un fenómeno de transnacionalización de religiones e iglesias como a su vez de transversalidad religiosa: esto significa que la presencia de nuevos movimientos religiosos, nuevos templos, nuevas oferta, son parte del paisaje urbano y abundan en canales de televisión y estaciones de radio llegando hasta los lugares más apartados del mundo. La privatización de la religión ha llevado a líderes religiosos y a empresas misioneras a adquirir canales de televisión privados, emisoras de radio y prensa escrita para difundir sus mensajes. Este acceso a los medios masivos de comunicación ha hecho posible que muchos de estos nuevos movimientos religiosos se consoliden económicamente ejerciendo influencia política mediante el voto de su clientela religiosa. El creciente mercado religioso, se expresa y evidencia en la oferta y demanda de testimonios de milagros, sanaciones y riquezas, bajo una actitud e ideología conocida como “teología de la prosperidad”, la que tiene entre sus características principales el establecimiento de una relación causa-efecto entre la aceptación de una fe y el disfrute de la abundancia económica, acompañada de una pastoral gerencial. Lo religioso ha pasado a la esfera del mercado de masas y su lógica consumista. Esto no sólo se da en el ámbito de las iglesia de la teología de la prosperidad, sino de empresas privadas no institucionalmente religiosas con un mercado de lo místico-esotérico y en la que se promueve todo un conjunto de objetos y servicios como profecías, horóscopos e influencias astrales, extraterrestres, culturas antiguas, Nueva Era etc., son los nuevos materiales heteróclitos con los que se construyen nuevas respuestas religiosas alternativas a las creencias tradicionales de la población.

cielac@upoli.edu.ni

sábado, 6 de septiembre de 2008

Paz y Reconciliación


Por una cultura de reconciliación


END - 19:28 - 01/09/2008


En memoria de Monseñor Romero, Monseñor Gerardi, Cardenal Miguel Obando y el Obispo Federico José Pagura, Ministros de la Reconciliación

En el marco del XV aniversario del Instituto Martín Luther King, de la Upoli, se ha publicado el libro Historia y Reconciliación; una obra que recoge 21 ensayos de destacados pensadores nicaragüenses y extranjeros del más alto nivel académico. Teólogos, filósofos, politólogos, sociólogos, historiadores, abogados y poetas de varias nacionalidades, se dan cita bajo el vértice de un tema común: “La Reconciliación”.

La obra fue coordinada por el sociólogo Denis Torres, Director del Instituto de Investigaciones y Acción Social MLK, quien junto a su equipo han venido trabajando sostenidamente, hace varios años, una agenda muy clara y concreta sobre el tema de Cultura de Paz en Nicaragua y otros países de la región centroamericana.

Es digno de destacar que este centro, con reconocido liderazgo en los estudios para la paz, ha hecho una contribución sustantiva al programa de reconciliación del Gobierno del Presidente Daniel Ortega, formulando y promoviendo todos los documentos fundamentales para la iniciativa a nivel de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. También ha sido el principal impulsor de la iniciativa para declarar a Centroamérica como zona de paz, cooperación y seguridad demográfica a través del Parlacén. Sólo dos lugares en el mundo se adjudican este privilegio: Atlántico Sur y el Océano Indico. Hay que sumar también, dentro de las iniciativas del Instituto, la propuesta al Consejo Mundial de Iglesias, con sede en Ginebra, para declarar el año 2009 como año de la Reconciliación.

Como un fruto de muchos años de experiencia sobre el tema de la paz y la no violencia en Nicaragua y Centroamérica, y siguiendo los principios e ideario del Rev. Martin Luther King, profeta, luchador y mártir de los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, el Instituto de la Upoli, nos entrega como ofrenda y testimonio de unidad, verdad y reconciliación, un texto que reflexiona el tema de la paz, desde diversas visiones y enfoques de expertos, y que constituye un eje transversal de la malla curricular de la Upoli. El perfil profesional del egresado upoliano contempla una importante dosis de las ciencias humanistas y una visión cristiana del mundo; por ello la trascendencia de este material que publica en IMLK
En un contexto de despersonalización, de fragmentación, mercantilización y disolución de culturas y fronteras, el grito desesperado de reconciliación no es sólo un asunto vital para comprendernos humanos y hermanos, sino para recuperar también nuestro hábitat natural, su equilibrio, y trabajar por la restauración y protección del medio ambiente que gime su liberación, aprisionado por manos depredadoras que explotan los recursos naturales de forma despiadada y mercenaria.

Historia y Reconciliación, con sus cuatrocientas sesenta páginas, nos deleita con su riqueza de temas, tanto por su contenido como por su profundidad, pero sobre todo porque quienes dejan sus huellas en ellas son pensadores: unos, de vasta trayectoria académica; otros, de lucha inclaudicable por la paz y la reconciliación en momentos decisivos de nuestra historia nacional.

Todos representan con su vida y pensamiento signos del reino de Dios, en su compromiso político y social, y especialmente cuando se han puesto al lado de los más débiles, como lo hizo Jesús de Nazareth.

“La verdad más incómoda”, “La fiesta de la vida”, “La reconciliación que necesitamos”, “Psicología de la reconciliación”, “Imaginar al otro”,“Nicaragua, entre la fragmentación y la concertación”, etc., son una muestra de alguno de los títulos con que reflexionan la paz y la reconciliación autores de la talla y el talante de Samuel Kobia, Mayor Zaragoza, Emilio Castro, el Cardenal Miguel Obando, Galtung, Sergio Ramírez, Alejandro Serrano Caldera , Carlos Tunnerman, Aldo Díaz Lacayo, Mieke Vanderschaeghe, Orlando Núñez, Juan Bautista Arrien y muchos más.

El texto de Historia y Reconciliación se constituye ahora en una referencia de lectura obligada; sobre todo porque en sus páginas converge un tema común y su itinerario histórico, y a la vez se concertan las más diversas disciplinas del saber humano sobre un tema que cruza el tejido social y pesa en la conciencia moral de los pueblos.

Los odios sociales, el atropello flagrante a los Derechos Humanos, las dictaduras que han azotado nuestro continente, la invisibilización del “otro”; son signos de anti-vida, evidencias del desencuentro, de corazones cargados por el odio fratricida que abrió las venas de nuestros pueblos sin poder cicatrizarlas. La lectura del libro Historia y Reconciliación nos deja el enorme desafío de construir una sociedad más fraterna y solidaria, basada en la Verdad. Mientras no se imponga la verdad, no habrá justicia, y mientras no se imponga la justicia no habrá perdón; cuando se imponga el perdón habrá verdadera RECONCILIACIÓN.

Guillermo Gómez Santibáñez
Director del CIELAC